Sobre consumidores del siglo XXI, ciudadanos del XVIII

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Por: Carlos Andrés Naranjo-Sierra
Basado en el libro de Néstor García Canclini, el texto trata de entender como los cambios en la manera de consumir han alterado las posibilidades y las formas de ser ciudadano hoy. Dice el autor:

“Hombres y mujeres perciben que muchas de las preguntas propias de los ciudadanos -a dónde pertenezco y qué derechos me da, cómo puedo informarme, quién representa mis intereses- se contestan más en el consumo privado de bienes y de los medios masivos que en las reglas abstractas de la democracia o en la participación colectiva de los espacios públicos”.

Las ideas de satisfacción también han cambiado, lo que antes se representaba en refranes como “nadie está contento con lo que tiene” ha terminado por perder sentido ya que ya “nadie sabe lo que tiene” debido a que eso que se tiene ha perdido su identidad. Las generaciones han cambiado sus prioridades sobre lo necesario y lo deseable. Ahora las identidades han dejado de construirse alrededor de esencias ahistóricas para construirse alrededor del consumo.

Se suele imaginar el consumo como el lugar de lo suntuario y superfluo y la ciudadanía como una cuestión política como algo profundo en el que la gente vota de acuerdo a sus convicciones y razonamientos. Esta separación persiste incluso en Habermas cuando dice “nuevos dispositivos institucionales adecuados para oponerse a la clientelización del ciudadano”. Sin embargo el consumo ha terminado por vincularse con la ciudadanía de un modo más pragmático y accesible que el Estado, y esto no puede ser ignorado.

Al pensar la ciudadanía en conexión con el consumo y como estrategia política, se debe buscar un nuevo marco conceptual en el que puedan considerarse conjuntamente las actividades de consumo cultural y trascender el análisis atomizado que se ha realizado. “En otro tiempo el Estado daba un encuadre (aunque fuera injusto y sesgado) a la variedad de participaciones en la vida pública; actualmente el mercado establece el régimen convergente para esas formas de participación a través del orden del consumo”, dice García Canclini.

El autor cita a Beatriz Sarlo para mostrar la magia que ofrece el modelo de los medios masivos con respecto al modelo burocrático del Estado:

“No se puede afirmar que los medios masivos con teléfono abierto, o que reciben a sus receptores en los estudios, sean más eficaces que los organismos públicos, pero fascinan porque escuchan y la gente siente que no hay que atenerse a dilaciones, plazos, procedimientos formales que difieren o trasladan las necesidades… la escena televisiva es rápida y parece transparente, la escena institucional es lenta y sus formas (precisamente las formas que hacen posible la existencia de las instituciones) son complicadas hasta la opacidad que engendra la desesperanza”.

El acercamiento de los ciudadanos a los medios masivos y el consumo tiene, entre otros fines, reconocer que lo público pasa por otros escenarios adicionales al ágora y que las sociedades democráticas deben entender que el mercado de opiniones ciudadanas incluye tanta variedad y disonancia como el mercado de ropa o refrescos. Debemos recordar a la luz del texto, que los ciudadanos somos también consumidores, lo que nos permite ver que en la diversidad de los gustos se encuentra una de las bases estéticas que justifican la democracia misma.

Podríamos decir que el momento actual hace que las sociedades se reorganicen para hacernos consumidores del siglo XXI y a la vez regresarnos como ciudadanos al siglo XVIII, ya que compramos en un mundo globalizado pero éste coexiste con la exclusión de varios países con respecto a inmigración, derechos humanos, laborales, salud, educación y vivienda. El proyecto iluminista de generalizar estos derechos para todos se fue al traste al imponerse la concepción neoliberal de que los derechos son desiguales y en consecuencia los objetos de consumo son para muchos a penas un espectáculo.

Finalmente, antes de dar entrada a los siguientes capítulos de su libro, García Castells propone un modelo de análisis empírico que permite distinguir cuatro círculos socioculturales en los que la transnacionalización e integraciones regionales operan de modos diferentes y en los cuales el Estado va disminuyendo sus políticas culturales a medida que se transita del primero al último. Esto son: El histórico territorial que se manifiesta en los saberes, hábitos y creencias en relación a un territorio. El de la cultura de élites constituido por la producción simbólica escrita y visual como la literatura y las artes plásticas y al que se accede por medio de un mayor nivel educativo. El de la comunicación masiva dedicado al entretenimiento como el cine y la televisión. Y el de los sistemas de información y comunicación destinado a quienes toman decisiones e interactúan a través de satélites, celulares y computadoras.

Al analizar el papel de la cultura en estos círculos, conviene saber que si la tendencia se consolida hacia una unilateralidad de las políticas culturales a través de una creciente “americanización”, se deberá también al predominio del espectáculo sobre la reflexión y la narración, la fascinación por un presente sin memoria y la reducción de las diferencias entre pueblos a una multiculturalidad estandarizada. Por lo tanto, evaluar las implicaciones entre consumo y ciudadanía no son nada despreciables y en la medida en que se reconozcan se podrán también plantear escenarios alternos para un desarrollo más equitativo y democrático.